lunes, 23 de abril de 2018

La Princesa Selene

Hola a todos, hoy os quiero compartir un relato nuevo, este lo escribí para el grupo "Escritores y Lectores" de Facebook, sí os apetece entrar en él hay de todo, poesía, relatos, y juegos de vez en cuando. 



La Princesa Selene
Nº De Registro: 1801085315190

#Cuentameuncuento

Érase una vez… ¿Por qué siempre empezamos así? Soy Selene, una princesa de un país lejano que solamente tiene dos ocupaciones: una, estudiar para el futuro y la otra, ser la lectora real del reino. En mi país nadie puede leer un libro sin que antes pase por mis manos. Os preguntaréis ¿Cómo es posible eso? Bueno os contaré que es culpa de una ley absurda que creó mi abuelo y mi padre no es capaz de revocarla.
Mi país se llama “Lunacos” que viene de Luna y locos, no preguntéis, es mejor no saberlo.

Como os contaba, soy la princesa, si esperáis que sea guapa, alta, rubia, etcétera pues os equivocáis, me sobran quilos, tengo una cabellera multicolor y sobre todo, soy de lo más normal, no espero ningún príncipe azul ya que según lo que he leído esperan a princesas guapas y perfectas, yo espero casarme por amor y eso aún no ha llegado. Así que espero que cuando llegue sea lo suficiente para mí.

Hasta hace poco me criaba mi abuela porque mi madre murió nada más nacer yo, así que mi padre tuvo que tomar los poderes de rey, cosa que no le hacía gracia y mi abuelo tampoco estaba muy conforme con ello, además no se hablan y se ponen trabas entre ellos.

Sinceramente no deseo reinar pero por obligación tendré que hacerlo en un futuro, y ¿si quisiera abdicar? Le pregunté una vez a mi padre y a mi abuela, ambos me miraron cada uno con una expresión diferente. Él sonrió y me acarició la cabeza, ella me miró con su mirada de enfado y supuse que no le había hecho gracia ese tema.

Hace unos días mi abuela me llamó a su lado, se sienta junto a mi padre para “gobernar”, dice que él no es capaz de todo. No estoy de acuerdo, pero prefiero callarme ya que discutir no me gusta, a lo que iba, me dijo que ya era hora de casarme. Mi cara fue tal, que casi me dan las cuatro cosas esas que he leído por ahí. Le dije que con dieciocho años no era justo casarme, pues ¿sabéis qué? Va hacer una fiesta, de esas de conocer hombres, para que sean mi futuro consorte.

¡¡Esto es un asco!! No quiero casarme, no lo haré, y ¿si me escapo? Eso haré si me obligan hacerlo, así se lo hice saber a mi padre que el pobre se encogió de hombros y no dijo nada. Pero… ¿en qué clase de hombre se está convirtiendo él? ¿Estará hechizado? Pero ¿por quién? Lo sé muchas preguntas sin sus respuestas.

La fiesta se anunció por todos los confines del mundo conocido, vinieron unos señores que ni sabía quiénes eran, a hacerme un traje y eso me gustaba aún menos, me gustaba ir cómoda con un mono o con unos vaqueros y deportivas. Que manía tenía mi abuela que me pusiera un vestido, me asqueaba. Los señores no se ponían de acuerdo, ya que mucho volumen no podían darme, pues me haría más gordita, y liso, por lo visto, no me quedaba bien, y ahí fue cuando decidieron algo aún más grave.

¿Adelgazar? Ni hablar, me gustaba comer bien y los dulces no podían faltar en mi dieta, pero la señora que contrató mi abuela me prohibió todo lo que me gustaba y me obligaba a comer solo verduras y comida que no me hiciese engordar y, entre medias, mi nueva ocupación fue hacer ejercicio.

Dos días antes de la gran fiesta, mi abuela estaba feliz, mi cuerpo había comenzado a bajar de peso y ya no estaba, según ella, gorda. El vestido que me habían hecho me quedaba como la seda y por supuesto tenía que practicar para caminar como una dama y no como un zopenco. ¿Os he dicho qué odio a mi abuela?

En fin… por suerte o desgracia el día llegó y lo hizo a lo grande. En mi país normalmente no nieva, pero creo que ese día se puso a favor mío y yo me sentí contenta, porque por primera vez mi abuela estaba histérica, ya que al final no podría usar esos horribles zapatos que me habían dado, pues la fiesta se hacía fuera de palacio, en un pequeño parque que teníamos, y como comprenderéis, con nieve no se podría ir en tacones. Así que cambiaron mi vestuario por unas botas calentitas y unos calentadores para las piernas, algo es algo.

Cuando comenzó la fiesta, me llevé una sorpresa, pues la mayoría de los príncipes o reyes eran jóvenes y no había casi viejos. Bailé con cada uno de ellos. «Suerte que no llevaba tacón» pensé en bajito mientras bailaba con el último antes de cenar. Después de degustar lo que prepararon, «¡¡Aggg!, ese tipo de comida en la que casi no te ponen nada y todos dicen lo rica que está» decidieron que hacía demasiado frío para permanecer a la intemperie y acabamos dentro del palacio, y ahí fue cuando lo vi. Sus ojos y su sonrisa me enamoraron, era de los hombres más guapos que había visto nunca. Por fin había encontrado a mi consorte, me acerqué y en ese momento ambos nos miramos y nos reconocimos, ¿quién dice que el amor a primera vista no existe? Pues en este caso fue lo que pasó.

Tiempo después, para ser exacto cuando cumplí los diecinueve, me pidió que me casara con él y yo acepté encantada, estaba enamorada y feliz. Seríamos unos reyes maravillosos además él me quería por cómo era no por mi físico, prohibí a los demás que dirigieran mi vida y por fin, fui feliz.

Por cierto, abolí, entre otras leyes absurdas que había, la ley en la que yo debía leer el libro antes que mi reino, ya que todos tenían derecho de hacerlo, y cuando nos cansamos de reinar abdicamos a favor de mi hija que era quien deseaba reinar y no me metí en su vida.

Ester Fernández (E. La Torre)
©Todos los derechos reservados

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Bienvenido, me encantan los comentarios, pero ten respeto, yo te lo agradeceré.